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domingo, 21 de noviembre de 2010

La liebre y el puercoespín (Jakob y Wilhelm Grimm)

En un fantástico país contaban, como verdadera y ocurrida allí, la siguiente historia:
Todo se inició un domingo de otoño por la mañana, cuando los campos de girasoles florecían. El sol brillaba en el cielo; el viento mañanero soplaba tibio sobre los campos de trigo recién segados; las alondras cantaban en los tejados y las abejas zumbaban, libando el néctar de la flor de los girasoles.

Todo el mundo, con su ropa dominguera, iba camino de la iglesia a oír misa. Aquel día las criaturas del universo se sentían gozosas. Hasta el puercoespín estaba feliz.

El puercoespín, de pie en la puerta de su casa y con los brazos cruzados, miraba el cielo mientras tarareaba una canción, tan bien o tan mal como cualquier puercoespín distraído suele cantar un domingo de sol en la mañana.

Estaba así, cantando bajito, cuando de pronto se le ocurrió que, mientras su mujer vestía a los niños, él podía dar un pequeño paseo por los sembrados para ver cómo iban creciendo "sus" rabanitos. El sembrado estaba muy cerca de su casa y toda la familia comía rábanos frecuentemente: por eso él los consideraba de su propiedad.




El puercoespín no lo pensó más, cerró la puerta detrás suyo y se dirigió al sembrado. Todavía estaba cerca de la casa y se disponía a rodear los álamos que cercaban la plantación, cuando le salió al paso la liebre, que estaba ocupada en algo parecido: echar una ojeada a "sus" repollos.

Cuando el puercoespín vio a la liebre, la saludó amablemente:
–Buenos días, señora liebre.

La liebre, que era a su modo toda una señora, aunque llena de una exagerada arrogancia, en vez de devolverle el saludo, le preguntó, haciendo una mueca desagradable y sarcástica:
–¿Cómo es que andas tan de mañana por los sembrados?

–Voy de paseo –contestó el puercoespín.

–¿De paseo, eh? –exclamó la liebre rompiendo a reír burlona–. A mí me parece que podrías utilizar tus piernas con más provecho.

El gesto burlón y las palabras de la liebre indignaron al puercoespín. Podía tolerarlo todo menos las alusiones a sus piernas, porque era patizamba de nacimiento.

–¿Acaso te imaginas –replicó el puercoespín– que las tuyas son mejores?
–Eso pienso –dijo la liebre.




–Hagamos una prueba –propuso el puercoespín–: te apuesto lo que quieras a que te gano una carrera.

–¡No me hagas reír! ¡Tú, con tus piernas torcidas! –exclamó la liebre–. Pero si tienes tantas ganas de perder, que no quede por mí. ¿Qué apostamos?

–Un peso de oro y una botella de aguardiente –propuso el puercoespín–. Pero como aún estoy en ayunas, quiero ir antes a mi casa a desayunar. Regresaré en media hora.

–De acuerdo –dijo la liebre.

El puercoespín se fue. Mientras caminaba iba pensando: "La liebre confía mucho en sus largas piernas y no piensa en mi astucia. Yo le daré su merecido por orgullosa. Es, en verdad, toda una señora, pero también es una estúpida insolente y me las pagará". Cuando llegó a su casa, dijo a su mujer:

–Mujer, ponte ahora mismo uno de mis trajes. Tienes que venir conmigo al campo.





–¿Qué pasa? –preguntó la mujer.

–He apostado con la liebre un peso de oro y una botella de aguardiente. Vamos a hacer una carrera a ver quién gana y necesito que estés presente.

–¡Oh, Dios mío! –comenzó a gritar la mujer del puercoespín–. ¿Eres idiota? ¿Te has vuelto loco? ¿Cómo pretendes ganarle a la liebre?
–¡Calla, mujer! –dijo el puercoespín–, eso es cosa mía. No te metas en cosas de hombres. Vístete y ven conmigo.

¿Qué otra cosa podía hacer la mujer ante un marido tan mandón y autoritario? Le gustara o no, tuvo que obedecer.

Por el camino le dijo el puercoespín:

–Ahora pon atención a lo que voy a decir. Mira, vamos a correr en ese largo sembrado que hay allí, la liebre correrá por un surco y yo por otro. Empezaremos desde arriba. Lo único que tú tienes que hacer es quedarte aquí abajo, en el surco. Y cuando la liebre se acerque desde el otro lado, le sales al encuentro y le dices: "Ya estoy aquí".

En esto el matrimonio llegó al sembrado. El puercoespín señaló a la mujer su puesto y él se colocó al otro extremo de la plantación. Cuando apareció la liebre, ya estaba listo y esperando.

–¿Podemos comenzar? –preguntó la liebre.

–¡Por supuesto! –dijo el puercoespín.

–¡Pues vamos dándoles a las piernas!

Cada uno se colocó en su surco. La liebre contó: "Uno, dos, tres" y salió como un rayo surco abajo.

El puercoespín apenas dio unos tres pasitos, se agachó en el surco y se quedó quieto mientras la liebre corría como un bólido, acercándose a la parte baja del sembrado, segura de su triunfo. Pero casi se desmaya de la sorpresa cuando oyó el grito de la mujer:

–¡Ya estoy aquí!



La liebre estaba perpleja y no se reponía del asombro. No se le ocurrió pensar otra cosa sino que era el mismo puercoespín el que gritaba, ya que, como es sabido, la hembra del puercoespín tiene la misma apariencia que el macho. Sin embargo, la liebre pensó:
"Aquí hay gato encerrado", y gritó:

–¡A correr otra vez! ¡De vuelta!

De nuevo salió como un bólido, con las largas orejas ondeando al viento, surco arriba.

La mujer del puercoespín se quedó bien quieta en su puesto. Cuando la liebre llegaba a la parte alta del campo, el puercoespín gritó desde su puesto:

–¡Ya estoy aquí!

Pero la liebre, indignada y fuera de sí, gritó:




–¡A correr otra vez! ¡De vuelta!
–A mí eso no me importa –respondió el puercoespín. Por mí, las veces que tú quieras.

Siempre el mismo grito y siempre la misma réplica indignada de la liebre, que corría y corría con desesperación mientras pensaba: "A mí no me va a ganar un torpe puercoespín".

¡Setenta y tres veces! El puercoespín, el insignificante puercoespín, siempre le ganaba.

–¡Ya estoy aquí! –le gritaba.

La liebre estaba exhausta. A la septuagésima cuarta vuelta no pudo llegar hasta el final. Se desplomó en medio del campo. La sangre subió a su garganta y quedó muerta en el suelo.

El astuto puercoespín venció a la arrogante liebre porque la prepotencia de ésta le impidió darse cuenta de lo que estaba sucediendo. Tomó el puercoespín el peso de oro y la botella de aguardiente, llamó a su mujer y ambos se fueron contentos a casa a celebrar su victoria.

Desde aquel día a ninguna liebre del lugar se le volvió a ocurrir apostar en una carrera con un puercoespín y quien narra esta historia recomienda que las personas que la escuchan aprendan que la inteligencia es siempre más fuerte que la fuerza fisica.

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